Ciudad de México

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La más grande del planeta. Bulliciosa, inquieta, antigua y moderna: histórica. Ciudad sugestiva, con palacios, iglesias, museos, bosques y hasta un castillo. Ciudad que se deja querer; ciudad que fascina, subyuga y no se olvida, se entromete en el alma, se fija en los recuerdos.

La Ciudad de México y el Distrito Federal (2,250 msnm) apasionan por sus raíces prehispánicas, su impronta colonial y su aire cosmopolita, rasgos que perfilan el rostro de esta megalópolis pujante y luchadora, que evidencian las raíces históricas de un gigante urbano que no deja de maravillar al mundo.

Pasado, presente y futuro en la capital de México, que hasta antes de la llegada del conquistador español Hernán Cortés era la fastuosa Tenochtitlán, una urbe monumental, con templos, palacios, jardines, escuelas y mercados, que fuera fundada en 1325 por los mexicas, un grupo guerrero proveniente de la isla Aztlán (del que derivaría el nombre azteca).

Aquí la historia se mezcla con la leyenda. Los susurros del pasado cuentan que Huitzilopochtli (dios de la guerra) ordenó a los mexicas fundar una ciudad en donde encontraran un "águila posada sobre un nopal devorando a una serpiente apresada en sus garras"; entonces, ellos salieron en su búsqueda. Fueron y vinieron por caminos escabrosos, hasta que la hallaron en una zona pantanosa del lago Texcoco.

Y como los mandatos de una divinidad no se discuten, Tenochtitlán (lugar de cactus) surgió en un paraje inhóspito que por la obstinación y tenaz persistencia de sus habitantes se convirtió en un territorio esplendoroso (especialmente durante el mandato de Moctezuma), hasta que la codicia de los conquistadores españoles la destruyera en 1521, dos años después de que Cortés la pisara por vez primera.

La lucha entre aztecas e hispanos fue cruenta. Una de las mayores matanzas ocurrió en la "noche triste" del 30 de junio de 1520, cuando en un brutal enfrentamiento fallecieron miles de indígenas y la mitad de las huestes ibéricas. La sangre y el llanto de ancianos, mujeres y niños habría inundado la ciudad.

Cuauhtémoc, el líder de la resistencia indígena, fue vencido el 13 de agosto de 1521; entonces, Tenochtitlán fue completamente arrasada. Un año después sobre los cimientos aztecas comenzó a edificarse lo que hoy es el Centro Histórico del DF, pero que en aquellos tiempos sería bautizado como la Nueva España.

Iglesias, palacios y casonas. De estilo barroco, gótico y renacentista delinearon el rostro de ese México que tras años de luchas, encuentros y revoluciones, muestra al mundo la riqueza de su historia y el sabor mestizo de su paisaje urbano, tan valioso y peculiar que en 1987 fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

Dentro del Centro Histórico del DF hay auténticas joyas de la arquitectura, como el Palacio Nacional o la Catedral, por mencionar solo dos de los monumentos centenarios que rodean la Plaza de la Constitución, también llamado el Zócalo, el punto neurálgico del México de ayer, del México de hoy, del México de siempre, que se erigió sobre el que fuera el gran templo de Tenochtitlán.

Sus atractivos no se reducen al viejo centro, se expanden, se multiplican y atrapan a los visitantes en el bosque y castillo de Chapultepec, un remanso de paz en una urbe bulliciosa; o los conmueve en la Basílica de Guadalupe, un soberbio edificio que alberga a los miles de devotos que adoran a la Virgen de Guadalupe, la patrona del país.

Los días quedan cortos en esta ciudad con dimensiones de país. Lugares de interés sobran: la Zona Rosa, rincón bohemio de raíces aristocráticas, la plaza Garibaldi, un bastión de los famosísimos mariachis, Xochimilco y sus jardines flotantes, San Ángel y sus variopintas ferias artesanales de los sábados; o, la antigua Teotihuacan, uno de los complejos arqueológicos mejor conservados de la nación.

México ya no es la antigua Tenochtitlán, tampoco la Nueva España de Cortés. Hoy, es una megalópolis de más de 22 millones de habitantes, un coloso urbano que se proyecta al futuro con la misma determinación que heredó de sus míticos fundadores, quienes doblegaron al pantano y a los inquietantes terremotos, para construir una ciudad en el lugar exacto en el que un águila devoraba una serpiente.